En el corazón de Cuernavaca, donde la historia del Palacio de Cortes y la Catedral de Cuernavaca se entrelazan en calles llenas de vida, parece que el comercio informal ha decidido tomar el control. Desde vender elotes recién sacados de la olla, raspados que parecen una obra de arte helada, hasta lentes piratas que desafiaban cualquier ley de propiedad intelectual, ¿Quién necesita tiendas oficiales, cuando puedes comprar un juguete de broma que probablemente no pasaría ninguna inspección de calidad o un hot dog que más bien parece un experimento científico? Los puestos ambulantes, con sus carpas de colores chillantes, ofrecen de todo: desde calzones hechos en China —que parecen ser el último grito de la moda en vestimenta interior— hasta una inmensa variedad de productos chinos que llenan las vitrinas de los nuevos comercios que están invadiendo el centro, sin que nadie diga nada, como paso en la ciudad de México.
Pero la problemática no termina en la simple diversidad de productos. La presencia de estos comerciantes genera un impacto profundo en la economía formal, en la seguridad pública y en la percepción del orden. El comercio informal en Cuernavaca no sólo se trata de una economía paralela, sino de un espectáculo diario donde la ley del más astuto, la ley de la improvisación y corrupción con las autoridades municipales parecen reinar. Mientras tanto, los comercios establecidos, que cumplen con todas las normativas y pagan impuestos, parecen estar en tierra de nadie ante este universo paralelo sostenidos en carritos y triciclos en la vía pública.
Y aquí es donde el toque sarcástico se vuelve inevitable. La figura del alcalde JOSÉ LUIS URIÓSTEGUI, que debería ser el guardián del orden y la regulación, parece más un espectador de una obra teatral que un actor principal en la gestión pública. También la figura de las cámaras de comercio (CANACO y CANACOPE) quienes deben proteger el comercio formal trascienden por su inacción ante tal fenómeno de la informalidad. Y que la inacción es tan evidente que uno se pregunta si en realidad hay una estrategia o si simplemente se ha resignado a vivir en un mundo donde el comercio informal es la estrella invitada. La consecuencia más evidente: calles congestionadas, basura, riesgos sanitarios y, quizás lo más preocupante, un mensaje claro a los residentes y turistas de que, en Cuernavaca, el caos y la informalidad son la carta de presentación de Morelos.

Desde una PERSPECTIVA SOCIAL, este fenómeno refleja una economía que no puede o no quiere formalizarse. La facilidad de vender sin pagar impuestos, evitar permisos o cumplir con normas sanitarias convierte este comercio en una opción tentadora para muchos, pero también en un semillero de desigualdad y competencia desleal. Los consumidores, por su parte, disfrutan de productos económicos y de una experiencia que roza lo pintoresco, pero que, en el fondo, oculta diversos riesgos.
En términos de SEGURIDAD, los puestos sin regulación alguna, los productos piratas y las mercancías de dudosa procedencia generan inquietudes adicionales. Los productos chinos, además de ser económicos, dejan en evidencia cómo la globalización ha facilitado productos de baja calidad y con poca vigilancia sanitaria, lo que podría poner en riesgo la salud de los ciudadanos.
¿Y qué decir de la IMAGEN DE CUERNAVACA? La ciudad, que por siglos ha sido un destino turístico, se enfrenta ahora a un escenario donde el orden parece ser opcional. La presencia de comercio informal no solo afecta la estética urbana, sino que también puede disuadir a los turistas y visitantes que buscan una experiencia cultural, segura y auténtica. La imagen de calles llenas de mercancías improvisadas, vendedores ambulantes y una clara falta de regulación no contribuye precisamente a la urbanidad de la Capital.
Y mientras todo esto ocurre, la respuesta del edil—estratégicamente ausente—es una especie de silencio ensordecedor. La falta de acciones concretas, de instalación de políticas que regulen, fiscalicen y sancionen, deja la impresión de que, en Cuernavaca, la autoridad prefiere ser espectadora de un mercado selvático, donde la ley no molesta a nadie.
En conclusión, el comercio informal en el centro de Cuernavaca es una especie de feria perpetua que, en su aparente diversión y colorido, oculta profundas problemáticas. Desde la competencia desleal hasta la inseguridad y el alcalde José Luis Urióstegui y su cabildo hacen que la virgen les habla, para no atender este problema que a todos afecta.