En lugares como Oaxaca, Tepoztlán, Cholula o San Miguel de Allende, donde alguna vez se respiraba una vida comunitaria tranquila y con un fuerte arraigo cultural, hoy se vive una transformación silenciosa pero profunda. Lo que comenzó como una apuesta por atraer turismo y generar desarrollo económico, ha derivado en un fenómeno creciente de gentrificación y terciarización que pone en riesgo la permanencia de sus propios habitantes y del tejido social que da sentido a estos espacios.

En el corazón de Oaxaca, por ejemplo, cada vez es más común encontrar restaurantes con menús en inglés, terrazas reservadas exclusivamente para turistas y precios que escapan al bolsillo de los residentes locales. “Cuando queremos entrar a un restaurante con terraza, los meseros te prohíben pasar a esa parte… prefieren dársela a los turistas para que tengan mejor vista”, narra Fátima Santiago, una química farmacobióloga originaria del estado.

Este testimonio es solo una muestra del cambio drástico en la vocación de muchos centros históricos que alguna vez se beneficiaron del programa federal de Pueblos Mágicos, pero que hoy enfrentan presiones que transforman el uso de suelo, los precios de la vivienda, los servicios y la identidad cultural.

La terciarización: más allá de la gentrificación

Aunque ambos procesos están interrelacionados, especialistas hacen una distinción importante. Ignacio Kunz, experto en desarrollo urbano y miembro del Consejo Nacional de Desarrollo Urbano (Conared), explica que lo que ocurre en muchos de estos pueblos no es sólo gentrificación —entendida como el reemplazo poblacional por personas con mayor poder adquisitivo—, sino un fenómeno de terciarización: el cambio de uso de suelo residencial hacia usos comerciales, como hoteles, galerías, restaurantes o bares.

San Miguel de Allende
San Miguel de Allende

Este cambio, aunque no implique de inmediato la expulsión física de los residentes, sí transforma radicalmente el entorno. Las rentas se disparan, los precios de productos y servicios se elevan y los servicios públicos dejan de ser prioritarios en zonas que ya no están pensadas para habitarse cotidianamente, sino para ser consumidas.

“Si ya no tienes un sentido barrial, pues ya no tienes escuelas. ¿A quién le interesa tener escuelas en zonas sin habitantes?”, advierte Romy Rojas, urbanista y presidenta de Conared.

De la magia al desarraigo

La designación de “Pueblo Mágico” fue durante muchos años una etiqueta atractiva que atrajo inversión turística. Sin embargo, tras la desaparición del programa con sus lineamientos técnicos y urbanos, muchas localidades han quedado expuestas a una transformación sin planeación ni regulación clara. Claudio Nieto, urbanista y exjefe de carrera de Arquitectura en la Universidad La Salle, señala que hoy cada municipio actúa bajo sus propios criterios, lo que agrava el problema.

“Si ya no existen estos requerimientos, ya no hay nada que obligue a actuar en favor de la población”, afirma Nieto, subrayando que la transformación puede ser tan profunda que los pueblos mágicos se conviertan en simples escenografías turísticas.

Un riesgo cada vez más presente es el avance del fachadismo, práctica que preserva únicamente la fachada de los inmuebles históricos mientras su interior se convierte en espacios de lujo, rompiendo con el equilibrio arquitectónico, funcional y social de las ciudades.

Una venta “voluntaria”

Otro de los aspectos más controvertidos del fenómeno es la supuesta voluntariedad del desplazamiento. En muchos casos, las familias aceptan vender sus viviendas porque reciben ofertas que parecen irresistibles en comparación con sus ingresos habituales, pero que en realidad son muy inferiores al valor real de sus propiedades.

“Mucha gente vende porque les ofrecen un millón de pesos por su casa y nunca han visto esa cantidad, pero la propiedad valía cuatro veces más”, explica Ignacio Kunz. A esto se suman las presiones sociales, el hostigamiento y la degradación progresiva del entorno, que hacen insostenible la permanencia.

La experiencia en Oaxaca refleja de forma clara cómo la gentrificación y terciarización provocan segregación en el acceso a servicios y espacios. Josué Ramírez, trabajador del sector restaurantero, reconoce que el trato hacia los turistas y los locales es distinto. “Cambia demasiado la perspectiva en todos los negocios… el mesero se va por lo que más puede dar propina”, relata.

¿Es inevitable este proceso?

Para los especialistas, el problema no es el turismo en sí, ni la inversión o el cambio. La cuestión de fondo es si estos procesos pueden ordenarse y hacerse compatibles con los derechos y necesidades de quienes han habitado estos lugares mucho antes de que fueran catalogados como “mágicos”.

“La gentrificación no es mala. Es un efecto totalmente natural”, dice Romy Rojas. Pero su impacto depende de cómo se gestione. “No debemos calificarla como buena o mala. Depende de cómo se dé el fenómeno”, coincide Kunz.

Posibles soluciones

Existen alternativas. Una de ellas es que el Estado capture parte de la plusvalía generada por obras públicas o por la declaratoria de zonas turísticas. Con esos recursos, podrían ofrecerse soluciones habitacionales dignas para los desplazados o para quienes elijan quedarse.

En países como Canadá, Francia o Brasil, existen estos mecanismos. También se puede obligar a los desarrollos nuevos a incluir un porcentaje de vivienda asequible, lo que ayuda a mantener el carácter residencial de los barrios y equilibra el mercado.

Cholula
Cholula

En México, en cambio, aún no existen leyes claras para controlar los alquileres, imponer cuotas de vivienda asequible o garantizar el retorno de los desplazados. Herramientas como la transferencia de potencialidades urbanas o la captura de valor del suelo están en etapas tempranas o carecen de reglamentación suficiente.

Algunos estados como Yucatán y la Ciudad de México han dado pasos incipientes, pero la mayoría de los municipios carecen de capacidad técnica y voluntad política para implementar soluciones efectivas.

Mientras tanto, muchos pueblos mágicos continúan su tránsito hacia convertirse en productos turísticos más que en espacios vivos. Si no se diseñan políticas públicas informadas, participativas y sensibles, los procesos de gentrificación podrían terminar por borrar el alma de los lugares que alguna vez deslumbraron precisamente por su autenticidad.